UNIDAD 2: SACRAMENTOS DE SANACIÓN
2.1 El sacramento de la reconciliación
En el presente tema se pretende dar algunas orientaciones para que los jóvenes, comprendan la riqueza que tiene el
sacramento de la reconciliación dentro de un proyecto de vida, que lleva a cada
joven a descubrirse como es y a abrirse al don maravilloso de la Gracia
misericordia de Dios presentada en el sacramento y a toda la comunidad
cristiana.
Hablar del “Sacramento
de la Reconciliación” y de la “misericordia de Dios”, es hablar de un sacramento que debe ser entendido en
su mayor esplendor para que los jóvenes, quienes se alejan de éste por desconocimiento, vuelvan y lo retomen en su proyecto de vida como
elemento que les permitirá ir creciendo en madurez humana y espiritual, para hacer de sus relaciones con el otro, con Dios y consigo mismo, un mundo donde prevalece el hacer el bien para que otros también lo puedan hacer.
Con la ayuda del magisterio de la iglesia
se podrá ahondar
un poco más en todo lo
que conlleva el Sacramento para que los jóvenes opten por tener presente en su proyecto de vida el Sacramento de la Reconciliación, como medio de acercamiento a
Dios, a su Gracia, a su misericordia, para que ellos no solo lleguen a ser buenos cristianos, sino también honestos ciudadanos.
El perdón, necesidad del ser humano
Todos
podríamos decir la frase "perdono, pero no olvido" porque, si lo
entendemos literalmente, cae por su propio peso. Es imposible que olvidemos, no
olvidamos nada que nos afecte emocionalmente; si se nos olvida es que nos da
igual y si nos da igual entonces tampoco había nada que perdonar. Si hemos
hecho el trabajo que requiere el perdón nos ha costado más que suficiente para
no ser capaces de olvidarlo.
Pero
no lo decimos de forma literal. Lo que queremos decir es que ese perdón no ha
sido total, que la otra persona sigue en una especie de "periodo de
prueba", que la decepción fue tal que tiene mucho que demostrar.
Es
indispensable hablar los problemas, guardar el rencor bajo capas de buenas
caras no sirve de nada. En algún momento va a salir y no va a ser agradable.
Hay que sentarse y hablarlo; aclarar qué significa para cada uno lo que ha
pasado, tratar de entender al otro y hacerse entender comunicando exactamente
como nos sentimos y porqué. Asegurarnos de alguna forma que el otro entiende lo
que esto ha supuesto para la relación y así reducir la posibilidad de que se
repita.
Es
esencial confiar, no podemos hablar con una persona automáticamente invalidando
todo lo que diga, así no sirve de nada. Si no eres capaz de creer en sus
palabras entonces no vas a poder perdonar. Si haces el esfuerzo, permítete
preguntar todo lo que necesites.
Pide
lo que necesites para perdonar, para esto necesitas reflexionar sobre esta
cuestión. Piensa en qué puede hacer la otra persona para que pudieras eliminar
esos sentimientos negativos.
El efecto del sacramento de la
reconciliación
Este tema trata de los
sacramentos de la curación cristiana: la Penitencia y la Unción de los
Enfermos. En una primera parte se explica el por qué estos sacramentos son llamados de “curación”, teniendo en cuenta que este
nombre es convencional y
no
exclusiva, ya que por
antonomasia el sacramento de curación y de curación
radical es la Eucaristía. También desarrollamos el sacramento de la Penitencia, por el cual nos reconciliamos con Dios, con nosotros mismos, con la Iglesia y con la creación. Y finalmente, vemos el sacramento de la Unción
de los Enfermos, sacramento que no debe administrarse sólo a los que se encuentran al final de la
vida, sino cuando la persona
se encuentra debilitada físicamente o por la ancianidad.
El presente tema surge
del interés que despierta un tema tan humano,
controversial, espiritual y tan actual “el efecto liberador del perdón”. El logro de tan delicado tema, constituirá, la liberación y sanación de la persona en sus áreas físicas, espirituales y emocionales, así también como su interrelación personal; definitivamente,
las necesidades humanas son diversas y la intensidad con que se viven lo es de igual manera,
por lo tanto, no pueden
sufrir cuantificación en base a una escala establecida, menos determinar el tiempo en que un proceso basado
en las necesidades puede durar.
En el caso del efecto
del perdón, los elementos que intervienen, humanos, entran en una dinámica en la que la acción del Espíritu Santo, la ayuda profesional,
el uso de
la razón,
etc., no pueden realizar una verdadera acción sanadora, ya que para el logro efectivo, la actitud es sin duda alguna factor determinante.
LA PEDAGOGÍA DE JESÚS
SOBRE EL PERDÓN Y LA MISERICORDIA
Al acercarnos
al Sacramento de la reconciliación empezamos
un camino de crecimiento y sobre todo un camino de
conversión que nos debe llevar al re – encuentro con Dios, quien como padre amoroso siempre está con los brazos abiertos para recibir aquel hijo que estaba
perdido (Lc 15, 20.), aquel que nos ha dado la vida y quien quiere que todos
sus hijos no se aparten de Él, por el contrario
que todos se sientan acogidos
entre sus brazos.
El encuentro con Dios, es el alejamiento del pecado que nos
había apartado de ese Padre
misericordioso que sigue solícito y providente al hijo en su propio destino, que respeta las decisiones de su vida, que lo acompaña en su fragilidad
y en sus desaciertos para hacerle entender sus insistentes llamamientos a reemprender el camino del arrepentimiento y de la fidelidad a su
amor.
Encontrarse con
Dios es comprometerse
nuevamente a no
fallar y a tratar de mantenerse fiel aún a pesar de las
dificultades y limitaciones que se
presentan a diario. Implica no abandonar a Dios dejando que Él haga sus obras en nosotros para así poder experimentar
la gracia que
se nos brinda
por medio de la Reconciliación.
El encuentro con Dios
implica además de sentir las manos misericordiosas del Padre, un
encuentro con el otro, con la persona
que he ofendido por
mis faltas, pues, recordemos las palabras de Jesús: “
Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí”.
El Sacramento de la
reconciliación no es solo confesar unos “pecados” ante el sacerdote, sino que también es comprometerse con
Dios y con el bien de aquel que se encuentra
a mi lado, es hacer
el bien sin importar quién se encuentra a mi alrededor pues, hay que tener la conciencia de que es el mismo Dios quien está conmigo.
En el Sacramento de la
Reconciliación podemos encontrar tres movimientos que nos van llevando
a experimentar la gracia de Dios; el primer momento se da en el
momento en que yo reconozco mi falta y me siento necesitado del perdón del
padre, a este movimiento lo podemos llamar el “Encuentro conmigo mismo”; el segundo movimiento parte de la necesidad de comprometerme a hacer el bien al otro y si le he ofendido,
la necesidad de sentir su perdón, aquí encontramos el segundo movimiento “el encuentro con el otro” que me va a llevar
a experimentar el amor de Dios que me acoge con sus brazos abiertos, ese Dios
que no juzga
sino que quiere
que reconozcamos nuestras faltas
para así volver a él, entonces surge el tercer movimiento “El encuentro
con Dios”.
Partir de la
autoreconciliación
Si bien es cierto que en
nuestra naturaleza humana aparece la división,
el conflicto, el egoísmo, la envidia, el odio, y
situaciones
que nos generan una experiencia de no- totalidad. De tal modo, que el hombre
sintiéndose en medio de un mundo alienado y alienador, a través de mecanismos y estructuras que condicionan,
viene a percibir que su
no-totalidad no dependen exclusivamente de él, sino también
de “lo otro”.
En una
primera instancia, debemos reconocer que nuestra propia limitación no
es totalmente negativa, sino posibilidad de descubrimiento del valor de la existencia humana,
de la verdadera condición del hombre, como ser creado, indigente de Dios.
Puesto que el hombre no
es ni un “no” ni un “ya”, sino un “todavía no”, un ser inacabado llamado a
perfeccionarse. Por tanto, la posibilidad de la reconciliación para el hombre
está en la auto- reconciliación con su propia posibilidad y no en la absolutización
de la situación Siguiendo este enfoque, la reconciliación es una
posibilidad para poder
ser que se
convierte a su vez en necesidad humana.
En otras palabras, diríamos que la reconciliación se convierte en un “imperativo categórico”, por el cual cada ser humano de distinta manera, tiene la necesidad y la “obligación” de
reconstruir su realidad, con el objeto de ser una persona
abierta consigo misma, con el Otro, con una comunidad, y
en esta perspectiva pueda ser más humano en un mundo
lleno de hostilidades, de divisiones, de conflictos, y de sin sentido. Desde ésta visión,
la reconciliación no sólo se centra en sí misma, sino que es un
proceso abierto a los Otros.
En la reconciliación se restablecen los lazos de amor, de amistad, de solidaridad entre el yo y el Otro. Ahora, la
reconciliación sacramental restaura los lazos entre el yo, el Otro y Dios. En
este punto vemos, que la reconciliación no
es automática
porque implica un contexto relacional de invitación divina y acogida humana, es
una invitación que se dirige a la libertad humana. Así, reconciliación con Dios pasa por la reconciliación con el otro.
Siendo la reconciliación
una creación nueva, es dinámica, procesual, permanente. Sin embargo para que esto se dé es indispensable primero, perdonar como camino seguro hacia la verdadera reconciliación, porque en el perdón encontramos cómo acoger
al Otro en nuestro corazón sin esperar nada a cambio, es decir, a través de un amor incondicional.
El
acompañamiento Juvenil desde El Proyecto De Vida
Pudimos acercarnos
al sacramento de la reconciliación teniendo en cuenta el mundo
juvenil y cómo los jóvenes desde
su proyecto de vida han ido rechazando o aceptando esta experiencia de
reconciliación en su vida, además de comprender un poco el porqué de las
actitudes de los jóvenes hacia la vida sacramental en especial
en el sacramento de la reconciliación.
Partimos también de una realidad, somos miembros de una Iglesia católica en
la que hemos crecido y
donde profesamos nuestra
fe como cristianos que asumimos en nuestra vida, los sentimientos de Jesús, que hizo el bien y predicó el Reinado de Dios.
Es por esto que se hace un
acercamiento al sacramento de la reconciliación, desde el magisterio del Papa Juan Pablo II, quien va presentando
desde la Sagrada Escritura y desde la reflexión de la Iglesia, la riqueza
que se encuentra inmersa en el sacramento de la reconciliación.
Se trata entonces de
hacer vigente hoy el magisterio de la Iglesia actual que presenta el sacramento de la Reconciliación con toda la riqueza que éste encierra en sí mismo como gracia y como
Don de Dios para hacer un mundo más reconciliado con Dios y los otros
Al presentar el
sacramento de la Reconciliación desde los escritos del Papa Juan Pablo II no
quiere decir que se olvide la historia y las etapas por las que el sacramento ha ido pasando,
más bien quiere decir que aunque tenemos algo reciente no lo conocemos y es por ello que
este capítulo pretende ir mostrando el camino de renovación del sacramento que
se ha ido presentando en la Iglesia.
Se empieza reconociendo la necesidad de renovar el Sacramento para así mismo empezar a comprender
la grandeza y todo lo que encierra
la Reconciliación visto
desde un punto
más teológico y pastoral. Se busca mostrar la iniciativa de Dios y
la respuesta del hombre que se reconoce como pecador a los ojos de un Padre
misericordioso para llegar a acciones concretas al momento de acercarse al sacramento de la reconciliación.
Exhortación apostólica “Reconciliatio et Paenitentia”
En
esta exhortación el Papa hace una invitación a “volver a encontrar las mismas palabras con las que Jesús quiso inaugurar su predicación, de convertirse y creer en el evangelio” y así mismo la Iglesia
quiere renovar este llamado de Jesús para que podamos comprender que acercarnos
a Jesús es volver a Dios, y
los hermanos.
El Papa entonces dentro de su escrito, a partir de un proceso de comprensión, nos va
llevando a ir descubriendo en el sacramento de la Reconciliación el acercamiento a la persona de Jesús, quien cada día nos llama para que podamos estar en la paz que nos da.
En un primer momento,
encontramos que la
conversión y la
reconciliación son una tarea privilegiada e importante de la Iglesia y
que ella (la Iglesia) es la garantía
para que el hombre se acerque a este sacramento. Aquí se invita a recordar el pasaje bíblico del Padre misericordioso (Lc. 15, 11 – 32.) donde se hace un énfasis especial en
las actitudes de los hermanos, uno
el que estaba perdido,
aquel que pidió su parte en la fortuna del Padre y se va para derrochar su dinero y alejarse de su Padre quien no lo olvida sino que
siempre espera ansioso su llegada de nuevo, Él no le cierra las puertas, sino que las deja abiertas
para que este hijo que se ha ido vuelva a sus brazos.
Aquí es
donde podemos identificarnos con
este hijo cuando
nos sentimos “Hechizados por la tentación de apartarnos del Padre para
vivir independientemente la propia
existencia” (Reconciliación y
Penitencia n° 5.).
El segundo hermano, el que se queda en casa no deja de reprochar a su
Padre porque cuando aquel hijo volvió, él lo recibe con fiesta y con los brazos abiertos, actitud en la que
nosotros como hombres nos vemos envueltos cuando solo nos encargamos de recriminar
y de reprochar el mal que el otro ha hecho, y
no permitimos que aquella persona que se ha equivocado se reconcilie, sino que la marginamos y la tachamos de pecadora. Allí
es cuando Jesús en su gran sabiduría y
amor nos presenta esta parábola, para que la Iglesia haciendo suya la llamada contenida en esta parábola de la
misericordia comprenda la misión de trabajar por la conversión de los corazones
y por la reconciliación de los
hombres con Dios.
La reconciliación es iniciativa de Dios (Reconciliación y Penitencia n°
7.) , quien así como en
la Parábola del padre misericordioso, espera siempre al hijo perdido
sin importar lo que ha hecho siempre y cuando llegue con la conciencia de que
ha fallado y quiere volver nuevamente a los brazos de aquel Padre que siempre lo cuida y está al lado de
él. Es por ello que la Iglesia también se convierte en
Sacramento de reconciliación, es decir, “signo
e instrumento de reconciliación” (Reconciliación y Penitencia n° 11), no
es solo garantía del Sacramento, sino
que ella misma es Sacramento para la humanidad.
En un segundo momento,
esta exhortación pretende
demostrar que el Amor (Amor entendido desde la persona de Cristo; amor incondicional, entregado que es capaz de dar la vida por la salvación de las personas es más grande que el pecado, porque Jesús con su muerte rompió las
cadenas de la muerte y liberó al ser humano de todo pecado “destruyendo el
documento que contenía la deuda contraída por el antiguo pecado”
Todo esto ha llevado al
hombre a una pérdida de sentido del pecado como lo expresa el pontífice en
su exhortación,
pues, cuando yo vivo sin un horizonte y sin un referente moral
me voy acostumbrando a actuar
de tal forma que todo lo
que yo haga está bien. Vivimos en un mundo que relativiza las cosas y esto es
debido a que se ha ido sacando a Dios de nuestras vidas y actuamos como queremos, es decir, vamos apagando nuestra conciencia porque se han ido “perdiendo los valores absolutos y los fundamentos y criterios de la actitud
moral”.
Termina el Papa, dándonos unos elementos propios para que se pueda difundir
la riqueza del sacramento y cómo nosotros podemos ir asumiendo en nuestras vidas este sacramento y en
especial, cómo podemos ayudar a
los jóvenes a asumir en su proyecto de vida el
Sacramento de la Reconciliación como actitud permanente de conversión. Estos elementos son el diálogo, la catequesis y
los demás sacramentos, en especial el de la Eucaristía donde
se puede percibir y experimentar la experiencia de Dios de que espera
que volvamos a sus
brazos.
El sacramento de la reconciliación es entonces el sacramento del re – encuentro, del
volver a los brazos de
ese Padre que
nos espera con
ansia y que
quiere que reconozcamos nuestro error al momento de irnos de la casa.
¿Quién, cómo, cuándo, dónde, con quién me reconcilio?
Muchos de los jóvenes
han dejado de acudir al sacramento porque no lo conocen, porque no saben cómo hacerlo, porque les da miedo de que los juzguen, porque no saben de qué confesarse; en este apartado y como especie de síntesis de todo lo dicho en los demás
capítulos presento algunos elementos básicos que los jóvenes deben tener en
cuenta a la hora de abordar el sacramento.
Lo primero
que hay que aclarar es la siguiente pregunta ¿Qué es el Sacramento de la reconciliación? Pregunta a la que podemos responder
diciendo que es una celebración litúrgica, un acto de glorificación al Padre por la acción salvadora dada en el perdón, es una celebración del re -
encuentro del hombre consigo mismo y con Dios, además de una transformación humana y espiritual obrada por el Espíritu de Jesucristo en el penitente.
“El sacramento de la
Reconciliación es un momento de regocijo por este re – encuentro del hijo con su Padre en la Iglesia, que es la familia de Dios. Es la fiesta de la vuelta, de la conversión,
de la acogida, del olvido del Padre que
reconcilia consigo a su hijo y de la novedad de vida que éste comienza a
experimentar, recuperada su amistad y su cercanía; la fiesta que celebra la
familia de la Iglesia al regreso del hijo que se había alejado”.
Además de ser celebración,
también es Sacramento porque significa algo que ocurre de verdad, es decir, es signo que comunica el perdón y la vida. En este sacramento
se celebran tres cosas:
Ø La
Misericordia de Dios Padre: Quien recibe a su hijo sin humillaciones ni reproches, lo recoge amorosamente, lo perdona
sin reparos y sin hacer énfasis en su falta;
el Padre celebra
el hallazgo de quien
se había perdido, además del retorno del hijo rebelde que vuelve donde aquel
que siempre lo ha amado.
Ø La Conversión
del Hijo: Quien toma conciencia de la realidad de pecado en la que vivía y siente el deseo de un cambio, de la necesidad de una conversión,
de ser sincero emprendiendo
un camino de reconciliación; aquí también se hace explicita la
fortaleza que Dios le da para romper
definitivamente con todo aquello que lo estaba alejando de su Padre.
Ø Los frutos de
la nueva relación de filiación y amistad:
luego de hacer el compromiso
de cumplir con el mandato de Jesús cuando perdonaba los pecados
“Vete y no
peques más” (Reconciliación y
Penitencia n° 29) se celebra el gozo del
amor y la paz alcanzada en la nueva vida que surge de la reconciliación,
aquí se renuevan los objetivos, los propósitos, las actitudes, el proyecto y sobre todo se experimenta el amor paternal de Dios manifestado en Cristo, nuestro salvador.
Comprender entonces el
Sacramento de la Reconciliación desde esta perspectiva nos debe llevar como
cristianos a buscar cada día el camino de conversión para acercarme cada vez
más a Dios y en este caso especial en el que nos dedicamos a los jóvenes y a
ayudarles a asumir el Sacramento dentro de su proyecto de vida, es dar a
conocer a ellos que la
Reconciliación no es como ellos lo han presentado y como ellos la ven en
el primer capítulo de este trabajo, sino que implica muchas cosas más que ellos no han visto no
por culpa
de ellos, sino en
muchos casos por
culpa de
los guías del cristianismo.
Surgen aquí las preguntas que tenemos
en
el
título
de
este
apartado,
¿Quién, cómo, cuándo, dónde, con quién me reconcilio?
A lo que podemos responder que apuntamos
a llevar a los jóvenes a asumir en su vida y en especial en su proyecto
de vida el Sacramento de la reconciliación como uno de los elementos
que los lleve a ir haciendo ciertos cambios y ajustes en
su vida.
A la primera pregunta se
puede responder que quien se reconcilia es un joven que busca orientar su vida
hacía una meta que se ha fijado en su proyecto de vida, no olvidando que dentro
del proyecto de vida y de acuerdo al seguimiento esa meta puede ir
tomando otros rumbos. Quien se reconcilia además es un cristiano que busca el re – encuentro con Dios, consigo mismo y con los demás, es una
persona que pretende hacer el bien
a los otros pero que tiene conciencia de que en algunas ocasiones no
obra según el parecer de Dios, sino según su propio
parecer.
La persona que se acerca
a reconciliarse por medio del sacramento es alguien que siente la necesidad de estar cerca a Dios, de re-encontrar el
camino que se ha ido perdiendo por las actitudes de egoísmo y de encerramiento en sí mismo, olvidándose del otro y de Dios.
La segunda pregunta que
es ¿Cómo hago para acercarme al
sacramento? Es una pregunta en la que la mayoría de los jóvenes se quedan y no
acuden a este sacramento porque no saben cómo hacerlo. A esta pregunta encontramos
muchas respuestas y muchas formas de “confesarnos” y tal vez por ello es que el joven se siente confundido, porque le han dicho tantas
cosas que al final no sabe cuál es la verdadera.
Se puede entonces decir
que para acercarse al Sacramento de la Reconciliación es necesario tener en
cuenta que he faltado a Dios, al hermano y
a mí mismo, es decir que un buen examen de conciencia debe estar guiado por toda la reflexión de lo que he hecho mal y ha ofendido a Dios, al otro y a mí mismo.
Terminando este apartado
surge una de las preguntas más grandes al momento de acercarse al sacramento de
la reconciliación ¿Con quién me reconcilio? O mejor ¿Quién me ayuda a reconciliarme? A lo que se responde, con un Sacerdote, que es mediador entre los hombres y sobre todo que nos permite acercarnos a la multiforme gracia de Dios (1 Pe 4, 10-11), sacerdote que
al momento del sacramento no es más que un medio por el cual Dios manifiesta su
gracia a los hombres. Desde la perspectiva del acompañamiento al proyecto de vida de los jóvenes, el muchacho debe acercarse a un sacerdote con
el cual se sienta en confianza, al que él le pueda abrir
su corazón y con el que se sienta libre para expresar todo lo que guarda en su corazón.
El sacerdote es el ministro del sacramento, por ello debe
ser el reflejo del
Padre misericordioso donde el penitente se sienta acogido como
el “hijo” que vuelve a los
brazos de su Padre. El sacerdote debe
también tener una preparación adecuada para así mismo poder ser el guía
de aquella persona que se acerca al sacramento.
Juan Pablo II nos dice: “Se impone, pues, una
preparación seria y
cuidada, no fragmentaria, sino integral y armónica, en las diversas ramas de la teología, en la pedagogía y en
la sicología, en la metodología del diálogo y, sobre todo en el conocimiento vivo y
comunicativo de la Palabra de Dios.
Pero todavía es más
necesario que (el confesor) viva una vida espiritual intensa y genuina.
Para guiar a los demás por el camino de la perfección cristiana,
el ministro de la penitencia debe recorrer en primer lugar él mismo este camino, y más, con los hechos que con los largos discursos, dar prueba de experiencia
real de la oración vivida, de práctica de virtudes evangélicas teologales y morales, de fiel obediencia a la voluntad de Dios, de amor a la Iglesia y de docilidad a su Magisterio”.
Hacia una praxis
del sacramento de la Reconciliación en perspectiva del encuentro
La reconciliación
tiene
un hondo enraizamiento antropológico, existencial y social, en
el sentido de que viene a responder a la necesidad que el hombre siente de recuperar el ideal perdido, de reafirmar
aquellos valores que dan sentido a su
vida, de reconstruir su historia personal con la historia de los demás.
En cierto modo, la
reconciliación se convierte en “paradigma” de transformación para el ser
humano, puesto que en ella, el hombre y la mujer tienen la capacidad de
encontrarse a sí mismos y de reconocerse ante sí y ante los demás.
A partir del reconocimiento
de sí el ser humano empieza a reconciliarse tanto personalmente como colectivamente, lo cual le va a permitir reconstruir
su historia de vida, con el fin de recuperar aquello que ha sido destruido o entrado en conflicto.
La reconciliación es una realidad multidimensional. No se
limita a la actividad reconciliadora de Dios. Supone afrontar el mutuo
extrañamiento y la alienación provocados por la violencia y la opresión. Además, posee una
dimensión cósmica que apenas comprendemos.
La reconciliación debe abarcar todas
las dimensiones de la realidad.
Desde esta perspectiva
vemos que una verdadera reconciliación abarca todas las dimensiones de la realidad, así mismo la
dimensión sacramental de la reconciliación que va significar un mayor
reconocimiento de la misma en aras de propiciar el encuentro, y el diálogo con el Otro.
Para los jóvenes el
lugar privilegiado para acercarse al sacramento debe ser entonces el encuentro con un sacerdote disponible, que asumiendo las actitudes del Padre
misericordioso lo acoge y lo lleva a experimentar su gracia, en
la escucha, en
la acogida agradable, en los consejos dados para su
proyecto de vida, en la articulación de la vida con la realidad con la que se acerca el joven. No hay un lugar determinado
en el espacio,
sino
que se convierte en un momento especial de re – encuentro con el amor de Dios que se nos
da por
medio del Sacramento de la Reconciliación.
Siendo la reconciliación
vital para la existencia humana, la gracia configura la reconciliación en el sentido de que redimensiona la existencia misma, afincándose en
las distintas realidades humanas, las cuales van a permitir una historia de liberación y de salvación para la persona, o para la comunidad
cristiana como tal.
El verdadero sentido
para que la acción pastoral tenga repercusión
en los diferentes contextos sociales en los cuales vivimos se da a
partir de la gracia que Dios nos da, y así ha de propiciar una praxis liberadora
del encuentro. En la cual, el perdón, la reconciliación,
y el encuentro han de transformar dichos contextos sociales, pero instaura una dinámica de
perdón que impulsa hacia la reconciliación de la realidad. El perdón inaugura
una dimensión humana nueva y una auténtica ternura en los conflictos, sin necesidad de suprimirlos. CONTROL DE LECTURA
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